La ceremonia (del eterno) Adiós – Simone de Beauvoir a Jean-Paul Sartre

Desearía ya no pensar…

Te extraño, porque sé lo solo que te sentías. Tus monstruos, los conocía todos, cuando tú no pudiste hacerlo, no los veías, por eso me tenías miedo; porque te los mostraba, en el espejo de nuestra guerra. Eso extraño; tu soledad, porque fui su compañera, aunque era insoportable para ti, y mi alma, autodestructiva, buscaba la tuya, en el hades de tu perdición. Entre las almas que vagan lloraba tu cuerpo pidiendo el alma que dejaste ir; y me dejaste ir con ella. Extraño la fragilidad de tu ser, porque mi ser era frágil y valiente a su lado, como dos ramas que se aferran al cuerpo del árbol, una más fuerte que la otra; las dos mecidas por el viento. Y veo todo esto mientras me tapo los recuerdos, donde tus monstruos me agobian porque supieron jugar con los dos, en este eterno exorcismo. Te perdí. Nos perdimos. Mas no me dejé poseer, pero fui tentada y lo perdí todo, hasta mi corazón, mas no mi alma. Te veo sentado en tu cama y es tu niño quien llora, te siento tan solo y me mata.

Quisiera ya no pensar en ti, en mí, en la guerra. Hoy tengo paz, pero de qué me sirve si en cada bienestar mi temor se carcome mi pecho, lo cardiaco es un plato que se sirve en veneno, para no sentir más.

Hubiera vivido en el infantilismo que era amar, me hubiera quedado ahí, y volvería ahí si me lo pidieras, y te rescataría, y entregaría mi vida, olvidando todo, culpa y demonios. Que me destruyas, no me importaría, que me mates. Veo tu cara en todo lugar, toda cara, todo cuerpo, en las miradas, en la luna -la cruel amante-, o te recreo y las adapto a la idea que tuve de ti.

Quisiera refugiarme en el no karma y no universo de este universo que he creado,

inventarme un mundo donde no caben deseos de velas,

ni vueltas rotundas de destino,

donde somos niños

y nos queremos, tontamente,

y estás curado

y te he salvado de tu cruel sitio,

donde la luna nos espera infinita,

y el sol no me quema la cabeza

para que sigas riendo.

Y querernos en el pasto que era más verde

al otro lado del camino.

Donde no lloramos

y no nos matamos

con cuchillos de engaño y locura endiablada;

donde no muero

y tú me amas.

Sigo sangrando y evito pedir mis deseos porque lo que quiero siempre llega, pero no como lo merezco (…)

Deseo entonces aprender de los libros, lo que es sufrir sin medida por el conocimiento de lo verdadero. Deseo verdad, en vez de amor, deseo una yo sin una mitad perdida; entera. Deseo verte en otra vida, donde no duelas y no vuelvas, a vengarte de mi existencia. Deseo verme sentada algún día frente al balcón de las ideas,

y contarle a la brisa más tibia, al paisaje más tierno:

lo que fue aquel mundo raro,

donde triunfé en el amor,

y que nunca he llorado.

 

 

 

(“La poligamia: El amor entre Sartre y Simone de Beauvoir”)

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