A quién le importa si una luz más se apaga?

Era 2003 cuando con mi hermana y alguna que otra de sus amigas de nuestro colegio, íbamos de paseo a la Avenida Pando (Cochabamba), a subir y bajar a pie sus aceras como cada viernes. Era la moda entonces, a nadie le importaba ni la ropa que traías, quizás solo las zapatillas y los aretes de colores.

Aún los chicos que se paraban en sus coches, no bebían, solamente se sentaban a mirar a las chiquillas que paseaban y nos invitaban a dar vueltas por la zona -sí, que atrevimiento- quien diría que años más tarde eso, especialmente, implicaría ser abusada, golpeada y/o atracada para luego ser “despachada” por la Laguna Alalay: donde tus padres tendrían que reconocer tu cadáver y luego contar qué buena alumna eras…

Bueno, (al menos ese año) los chicos estaban enceguecidos por cosas relativamente buenas y las buenas intenciones se daban a largo plazo; nadie buscaba sexo ni drogas; y no era la única zona.

Nosotras paseábamos y nadie se fijaba quién tenía cuánto dinero, si tu ropa era nueva o usada, si tu auto era de tal o cual marca (al menos esto se lo guardaban en silencio), todos iban en el auto de su papá y las chicas eran recogidas a las 6pm en punto por sus papás: esa era la costumbre de entonces.

Recién se había inaugurado el “Euforia Games” sobre la misma avenida, donde luego de manejar cochecitos de carreras en el Karting subíamos a tomar unas coca-colas al Bowling, donde si no consumías no podías usar el baño, así que tomábamos y corríamos a arreglarnos la pubertad para luego subir a pie al Euforia, donde los chicos que eran dejados en la Pando por sus papás, se quedaban a jugar.

Los chicos más infantiles y no tan afectados por las hormonas, los chicos “nerds”, los “raleados”, probablemente los que años más tarde serían los más maduros o más “enterados”: profesionales o rebeldes, o quizás parte de alguna banda de rock nacional o los que harían tributos a las bandas de los mejores tiempos.

Ahí la Rockola siempre estaba a libre uso de todos (con 2bs. podías escoger la canción que más te guste), tenía de todo: Paulina Rubio con su estilo juvenil a lo Fey -cuando mentía diciendo que tenía 17 y tenía 30-, Axe Bahía que aún intentaba pegar, Quirkiña, la banda de no sé qué vocalista de quien no recuerdo el nombre, Octavia cumplía 15 años de carrera si no recuerdo mal, y que ya preparaba al cliché de los futuros guitarristas acústicos de las parrilladas, Justin Timberlake con su despecho, y otros poperos más.

No me avergüenzo, en esa época se escuchaba de todo, nadie te juzgaba tanto como ahora, nadie se ponía poleras de Judas Priest sin saberse una, y tampoco te violaban la audición con malumas.

Una vez, cuando nos empezaron a gustar más los chicos de negro, y el Euforia Games estaba lleno de ellos, jugábamos carreras de autos ahí, y por simples ganas quisimos poner en la Rockola una banda de rock que estaba sonando fortísimo en la radio (no teníamos Internet en casa, entonces todo era radio 88.7 fm), ahí encontré a Linkin Park:

y todo cambió para mí y los paseos en la Pando.

Las últimas veces que fuimos por ahí, a principios del 2004, la gente ya bebía luego de las 6, los chicos ya te pedían tu correo anotándolo en papel.

Ya iba a cafés-internet para jugar el Vice City pirateado, Need for Speed Underground o CoD con mi hermana,

Ya chateábamos por Messenger, aun no existía Youtube y Winamp tocaba todo el día.

Todo cambió sobre todo con Meteora de Linkin Park, es la pura verdad. Nadie te gritaba en el oído como Chester Bennington, nadie te decía a tí cumbiero, a tí rockero, a tí futuro emo, a tí metalero, a tí 30 añero: “Despierta de tu letargo desgraciado y haz algo, estas vivo!, rebélate ante lo que esperan de ti. Sufres, admítelo, la vida es un tanto oscura, el camino es largo y rocoso, hay más por ver, desactiva el piloto automático”. Lógicamente no eran los únicos, estaban mil y un bandas más,

pero para mí,

una chiquilla de 13 años que le seguía los pasos a su hermana y sus amigas, que caminaba pensando que los chicos de la pando la miraban igual que a las otras chicas (lo cual nunca fue así porque yo sí era patito feo), que conoció el “cepillado de cabello” para cambiar sus rulos naturales por un alisado a la antigua, que cambiaba su ropa varonil por una blusita corta y sostén esponjado, que fue vil e inmaduramente molestada en colegio, provocándole con ello traumas que arruinaron su autopercepción para siempre, pero que se supo levantar sola de todo aquello, aunque previamente se refugiaba en lugares que no eran su camino, donde no estaba ella: la verdadera. Linkin Park me gritó a la cara escupiéndome verdades,

despertando mi madurez mental y valentía.

Mis oídos, desde la primera vez que escucharon Numb se dieron cuenta que con todo lo malo que antes habían escuchado, desde música (daddy yankee) hasta lo que me decía la gente, se dieron cuenta de lo bueno.

Y no permanecí devota a ellos, lamentablemente, sin embargo me abrieron la puerta a otras bandas y sobre todo a las verdades que habitaban en mí.

No crecí escuchándolos siempre,

Pero crecí gracias a ellos.

Así se apaga otra estrella en nuestro pequeño y mundano cielo, la noche estrellada que con sus ojos conoce la oscuridad de mi alma, los Vincent van Gogh del arte, que tan humildemente llenan el eco insatisfecho y vano con sus hermosas voces, la fruta dentro de la cáscara humana, se va Chester, se fueron tantos, mis héroes, tus héroes lector, y quedamos solos a la espera del futuro que no nos espera a nosotros. Los futuros artistas curan pues, el camino sangrado.

Y sigo sin comprender bien cómo el genio, sobre todo el músico, despierta almas, las humedece, con el parir de sus canciones. Para mí que es la luz más brillante de todas la que sin miedo ilumina, sin saber que ilumina, los corazones que aún no sabían de su existencia. Una respuesta al misterio de la vida.

Se acabaron los paseos a pie por la avenida Pando,

Desapareció mi inocencia con la verdad,

Desapareció el Euforia Games,

Los chicos crecieron,

Murió la Rockola.

Empieza otro día, se apaga una estrella, me pregunto si a alguien le importa,

en un cielo de un millón de estrellas.

A mí sí me importa.

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Chester Bennington (1976-2017)
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