Leonora Carrington o el silencio del genio

…o la genialidad del silencio no?

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Supersticiosa, generosa, rebelde

De presencia física imponente pero que a su vez tan delicada hasta sus últimos días.

Congruente, profunda.

De origen inglés, proveniente de una familia adinerada que vivía en el campo, rodeada de animales y flora.

Ya me la imagino, la hermosa niña que montaba a caballo, como una pequeña Alicia esperando en la mesa de roble fino a su institutriz, sopando su galleta en el té.

Nacida del vientre de una madre irlandesa que también se dice fue rebelde, compartían juntas las ambiciones lejos de casa, pero será Leonora quien cumpla esto.

Y es que donde mira el lente mira el alma, la complejidad de su visión divergente hacia el mundo se encontraba en el germinar de sus pasiones futuras.

Leonora, la gran mexicana de esencia que fue muchas veces comparada con Frida Kahlo, quien según algunas fuentes solía llamarla a ella, a Remedios Varo y Katy Horna “aquellas perras europeas”. Pero Leonora siempre cuestionó su posición como mujer en la sociedad, desde muy pequeña adoptando comportamientos protestantes, a su manera.

Es el antagonismo perfecto de aquello que hoy en día los fanáticos pretenden, al enmarcar la imagen de Frida Kahlo, separándola de su arte -su saber hacer- del cuadro. En esta situación nuestra artista es también el antagonismo de aquella misma mujer que fue despojada de su arte y popularizada para calmar la sedienta hormona del sufrimiento genérico sentimentalista actual.

Antagonista del propio movimiento que ya se deslucía en su llegada a París: el Surrealismo, cuando sus célebres representantes ya decaían dejándolo en el olvido para trascender sus propias ideas hacia otras fuentes más acordes con la época. Max Ernst será su gran amor y mentor, pero también será de quien ella se marche para empezar una nueva vida artística y no vivir bajo la sombra de una categoría del arte que ya se iba extinguiendo. Irónicamente es conocida como la última representante de él.

Hasta el día de hoy Leonora Carrington fue desconocida o callada para su pueblo natal de Chorley (Lancashire, Inglaterra), pocas veces mencionada en la historia del arte Inglés, y quedan sólo roces de sus pinturas expuestas en los museos de Europa. Leonora fue siempre, desde que nació, en busca de sus verdaderas raíces.

Y es que donde proyectamos lo más crudo de nuestra conciencia y subconciencia, no se encuentra la academia; donde limitamos lo que nos limita parecemos abrirnos a nuestra verdadera identidad.

Para Leonora Carrington aquello comenzó con el Surrealismo, donde escuchó la voz de muchos otros artistas que la impulsaron a perseguir su propio estilo; a hacer arte. Pero su género muchas veces hasta en el entorno que se decía acogerla fue la brecha entre los otros y su postura como más allá de lo que ellos creían debía ser una mujer (musa, delicada, sosegada, angelical), esto jamás impidió que ella se reafirmara como alguien más que su ser; su esencia.

La novia del viento, sus liaisons, amores, desamores, Max Ernst y su intimidad surrealista, peregrinación, locura…

Todos los caminos conducen, a los corazones rotos, a México…

“El rompimiento interno de su ser” -lo dirá su hijo Gabriel Weisz- la conducirá a su mismidad y por ende a su propia búsqueda en su llegada a México; el gran refugio del genio artístico, pero sobre todo de su espiritualidad. Renato Leduc entra en esta etapa de la vida de Leonora, él será el tiempo: el tiempo de huir, el tiempo de crear vida, el tiempo de refugio y de lamento, pero también de nueva separación.

Esta gran artista multitalentosa siempre cuestionó el ego de lo cotidiano, le dio otras formas, otras vidas, lo desarmó en la pura y más noble expresión de la sensibilidad. Y entre todas esas criaturas de semejanza a los híbridos mitológicos, los caballos de su infancia, los seres mágicos de aspecto antropomórfico y los espíritus presentes en sus cuadros, se esconde la Leonora que expresa la bondad en sus ojos, la cual trasciende hacia la sutileza de los tonos en esos mismos personajes míticos y su conexión con lo ancestral; su belleza atemporal era evidente.

Llegué hasta ella por casualidad, como dirían las excusas, primero me topé con un artículo publicado en la web que, inverosímil y e hiperbólicamente nos introducía a nosotros los ignorantes del arte a una Leonora Carrington imponente pero abstraída de su originalidad, una “muchacha” europea que se la compara con Frida Kahlo, quien parece “El Tío” de la cultura Boliviana, para los que escribieron la nota. Reivindicar a Leonora no es cosa fácil, ella nunca fue una persona que tenga la necesidad de expresar en palabras lo que expresaba la realidad de su arte, pero compararla y, a partir de ello, tratar de enfrentar a dos artistas profundamente distintas me parece absurdo; que las encuentre quien las encuentre, para todo hay etapas y gustos hoy en día, aunque algunos más debatibles y mediocres que otros.

Tampoco soy de identificarme con personalidades tan magnas y particulares, no me ha sucedido hasta ahora, aunque a veces veo una que otra en la música, cine o literatura y sueño con vivir siquiera un día como ellas, o sentirme igual de especial, “a ver quizás nos parecemos?, la nariz no, bah el cuerpo menos!, pero hablo igual?, no, quizás si cierro mis ojos me transformo, no no, mejor así nomas”. Pero sí me sucede que admiro tanto a algunas personas, más muertas que vivas, que me entra esa alegría de hermana al ver el éxito que tuvieron en algún punto de sus vidas, o me apena la gran desgracia que en ellas habitó. Me fascina la gente que solitariamente ha encontrado la fortaleza para salir del fango de la flojera y ha hecho de su mente de genio un arte, me fascina el silencio en la mirada de los que aman imaginar, pero esto es corto para describir lo que siento por seres como Leonora. Puede ser que al fin y al cabo nos topemos con nuestros ídolos por algún motivo y no por simple azar.

Describirla aquí es guardar en un archivador la verdadera esencia del artista, ya que ésta se nos desborda siempre. Pero yo, quizás menos que Max Ernst, Renato Leduc, Remedios Varo, o cualquiera que haya tenido la dicha de mirar a Leonora a los ojos, al ver como su mano siniestra pintaba criaturas de sus propios mundos desde la cocina de su casa, dibujaba sobre el papel, tallaba formas en la arcilla, o escribía recuerdos para la memoria de otro ser, he quedado enamorada de su silencio y sigilosa rebeldía ante lo que el resto del mundo, que no supo entenderla, creía de ella ser como “una simple muchacha de clase privilegiada” que jugaba a  una suerte de Scarlett O’Hara de la obra “Lo que el Viento se Llevó”.

Leonora Carrington (tantas veces mencionado su nombre en este blog, esperando encontrármela en mi inspiración), fue una noble exponente de la pintura surrealista y de la figura femenina que se posa en la historia del arte en general, no fue la única ciertamente, y durante su visita por los lóbregos cuarteles del Surrealismo nos mostraba una Leonora sin miedo, con la plena confianza de sus pasiones y su cuerpo expuesto, pero ya para sus años de plena adultez se dedicó al tímido encierro y dedicación a sus iconografías.

Qué me demuestra esta gran mujer como mujer?, pues eso mismo, la apropiación de mi feminidad, no reposar mi figura exterior en la excusa de querer ser más o más poderosa que el otro género, sino levantarme de aquel pretexto y actuar. Tener la libertad interna de ser lo que más anhelo, por más cursi que suene eso, que el silencio no significa callar. Darle vida a los seres que habitan en nosotros mismos, a nuestros espíritus…

“No se trata de quejarse, sino de actuar” decía Leonora,

No, Leonora Carrington (Leonora, Leonora, Leonora) no se fue a México, no desarrolló su arte en el momento de su plenitud allí para quitarle el espacio a alguien,

Fue, como nosotros los que perdimos nuestras almas, las que nos esperan en otros lugares, otros mundos,

A reencontrarse con la suya y ser por fin una.

“Sólo porque las mujeres han estado oprimidas, y creo que muchas mujeres no desarrollan todo el potencial que tienen porque las consideran seres inferiores. Pero eso no significa que piense que las mujeres son mejores que los hombres, ni tampoco que los hombres son mejores que las mujeres. Lo que está claro es que la principal preocupación de los oprimidos es dejar de estarlo.”

-Leonora Carrington

 

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Leonora Carrington (1917-2011)

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